ODIO A UN SÍMBOLO DE AMOR Y DE PAZ
Vivimos momentos de efervescencia laicista. El laicismo, concatenación de negaciones, lleva implícita y manifiestamente declarada la negación de Dios. Sorprende que en tiempos de exaltación del relativismo se afirme con virulencia la negación de Dios. Una postura intelectualmente más honrada sería la duda sobre la existencia de Dios pero no la certeza de su inexistencia. Por otra parte, si, como dicen, Dios no existe ¿hay algo más absurdo que perseguir a quien no existe?
Esta obsesión laicista tiene consecuencias a menudo trágicas en el desarrollo de las sociedades, en la convivencia entre las gentes. Culmina con el desprecio a la dignidad humana con la promoción de leyes como la del aborto, que deja indefenso a los más débiles: al niño y, por supuesto, a la mujer que se ve abocada al aborto pues las leyes en lugar de apoyar económica y socialmente su maternidad, pone alfombra de plata para “suprimir” la existencia de un nuevo ser ya en camino.
El gobierno, en su ofensiva laicista, también quiere desterrar de las escuelas y centros oficiales todo lo que huela a cristiano, quiere quitar el crucifijo, que no es sino símbolo de amor y de paz. A propósito de esto me viene a la memoria un fragmento de La esfera y la cruz, de Chesterton. En un momento dado, el autor relata una conversación muy singular entre dos personajes curiosos: el profesor Lucifer y el monje Miguel. Los dos viajan juntos en avión, y, cuando éste sobrevuela la catedral de Londrés, el profesor Lucifer blasfema contra la cruz que acaba de ver.
«—Me pregunto si esta blasfemia te ayuda en algo —le responde el monje.
Y, a continuación, añade:
—Permíteme que te cuente una historia: “Conocí a un hombre como tú; él también odiaba al crucifijo: lo eliminó de su casa, del cuello de su mujer, hasta de los cuadros; decía que era feo, símbolo de barbarie, contrario al gozo y a la vida. Pero su furia llegó a más todavía: un día trepó al campanario de una iglesia, arrancó la cruz y la arrojó desde lo alto.
Este odio acabó transformándose primero en delirio y después en locura furiosa. Una tarde de verano se detuvo ante una larguísima empalizada; no brillaba ninguna luz, no se movía ni una hoja, pero creyó ver la larga empalizada transformada en un ejército de cruces, unidas entre sí colina arriba y valle abajo. Entonces, blandiendo el bastón, arremetió contra la empalizada, como contra un batallón enemigo.
A lo largo de todo el camino fue destrozando y arrancando los palos que encontraba a su paso. Odiaba la cruz, y cada palo era para él una cruz. Al llegar a casa seguía viendo cruces por todas partes, pateó los muebles, les prendió fuego, y a la mañana siguiente lo encontraron cadáver en el río”.
El profesor Lucifer, al oír el relato, mordiéndose los labios, mira al anciano monje y le dice:
—Esta historia te la has inventado tú.
—Sí –responde Miguel–, acabo de inventarla; pero expresa muy bien lo que estáis haciendo tú y tus amigos incrédulos. Comenzáis por despedazar la cruz y termináis por destruir el mundo».
Algo tendremos que aprender de todo esto.
Charo Carbayo Santiago
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