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Reflexiones: sobredosis de hematófagos

posted by: pol

He seguido someramente las taquillas de la vampírica New Moon: despampanantes (aparte del fenómeno en su conjunto, que resulta, por lo menos, llamativo). Por otro lado, esta semana me han llegado un par de tráilers para Cirque du Freak -que presagia estar por encima de la media- y DayBreakers -justo lo contrario- que estaban llenos de draculillas y que llegarán a nuestros cines en breve. No olvidemos tampoco el éxito de la serie True Blood… Hace poco, además, se había estrenado el último fascículo de la saga Underworld, y, si nos remontamos un poco más en el tiempo, a todos nos vendrá a la memoria el arrollador éxito cosechado entre crítica y público por Let the Right One In.

El otro día, un tipo comentaba en el omnipresente Facebook, no sin cierta brillantez, algo parecido a lo siguiente: “qué clase de vampiros son estos, que salen por ahí a plena luz del día y que van enamorándose como gente normal”.  Y es que es cierto que el género está experimentando cambios. Compárese a Pattinson con Bela Lugosi… La pregunta gira en torno al porqué -y creo que la respuesta tiene mucho que ver con la patología sensiblera de nuestra sociedad- y al cómo.  No cabe duda que ante un fenómeno de masas como Twilight, es normal que se dispare todo un desfile de historias aledañas.

Pero es que el vampirismo siempre ha tenido mucho interés para el cine y la narrativa en general. Y es normal: el mundo de los muertos causa una fascinación única, aparte de todas las cuestiones estéticas que provienen, sobre todo, del mito de Drácula. La mayoría de las narraciones vampíricas contienen ingredientes dramáticos muy poderosos -algunos forzados por el afán sexualizador de nuestro tiempo-, y es lógico que en estos tiempos de sequía creativa volvamos a historias tradicionales para darles una vuelta de tuerca. Los ejemplos son infinitos. Ahora bien, parece que la tendencia de subvertir las convenciones genéricas se ha pasado de rosca, hasta convertir a los chupasangres aliumfóbicos en criaturas marginadas que anhelan su reinserción en el mundo de los vivos.

El imprevisible Boyero recoge en su sección de crítica de El País la que quizás sea la excepción a toda la regla: Let the Right One In, del sueco Tomas Alfredson. A la pregunta sobre la causa del retorno de los draculillas, el propio realizador responde: “Porque ilustran nuestra parte animal, y tenemos hoy en día una vida demasiado cerebral, encerrados [...] sin salir al exterior. El género del vampirismo recupera el contacto con nuestros instintos primarios”. Un asunto delicado, que me pone los pelos de punta: ¿hasta dónde llevaremos eso de los “instintos primarios”?

Para más consideraciones, léase el artículo “Que vuelva aquel chipasangres”, de Bayona. Una frase resume la cuestión: “El género nació en Europa para pervertirse en Hollywood”. La conclusión es que -salvo la citada excepción- la originalidad de estas alteraciones sobre el género ya se ha perdido. Y se ha perdido mayoritariamente por el incremento de productos de dudosa calidad que no miran más allá de un público de adolescentes y féminas alocadas por el sentimentalismo barato y sensualoide de Stepehenie Meyer y sus cómplices.  Una oportunidad malgastada, como tantas otras.

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