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Gastón Fernando Deligne y Figueroa: Selección de poemas

LOS GALARIPSOS
En la liana vistosa y empinada
funden los galaripsos su esbelteza,
como una aspiración que se anonada
-temblando de pasión- en la belleza.

Tejiéndose al imán de sus amores,
su follaje nervioso, se estremece;
y presume quizás, al echar flores,
que es el árbol amado el que florece.

Teclado son de vientos vagarosos
y cual la mirra de sagrado rito
en espiral remóntanse, ganosos

de holgar entre el planeta y lo infinito.

ANGUSTIAS
(Al poeta amigo, Arturo Pellerano Castro)

Su mano de mujer está grabada
hasta en el lazo azul de la cortina;
no hay jarrones de China,
pero es toda la estancia una monada.

Con un chico detalle,
gracia despliega y bienestar sin tasa,
a pesar de lo pobre de la casa
a pesar de lo triste de la calle.

Cuando el ardiente hogar chispas difunde,
cuando la plancha su trabajo empieza,
para cercar de lumbre su cabeza,
en sólo un haz se aduna
el brillo de dos luces soberanas;
un fragmento de sol, en las ventanas;
un destello de aurora, en una cuna!

¡Qué sima del ayer a lo presente!…
Allá, en retrospectivos horizontes,
la desgracia pasó sobre su frente,
cual una tempestad sobre los montes.

Era muy bella, ¡por extremo bella!;
y estuvo en su mirada
la candente centella
donde prendió su roja llamarada
la pira que más tarde la consume,
la que le hurtó, de tímida violeta
con el tierno matiz, todo el perfume.

Fue su triste caída,
lo mismo solitaria que completa;
y como en casos tales de amargura,
desde ella hasta Luzbel todo es lo mismo;
una vez desprendida de la altura,
cebó en ella sus garras el abismo.

Quedó al horror sumisa
con expresión que por tranquila, espanta;
apagada en los labios la sonrisa,
extinguida la nota en la garganta.

Flotó en la hirviente ola
con el raudo vaivén del torbellino,
y se encontró… sentada en el camino,
entristecida, macilenta, y sola!…

Pero así como planta que caída,
después que la desnuda
rama por rama la tormenta cruda;
a pesar de la fuerza que la azota,
de la raíz asida
queda, y más tiernos sus renuevos brota;
cuando estaba su oriente más distante,
y más desfallecida la materia;
brotó la salvación dulce y radiante
por donde entró señora la miseria.

Si es cierto que invisibles
pueblan los aires almas luminosas,
hubieron de acudir a aquel milagro,
como van a la luz las mariposas.

Así el suceso su mansión inunda
con tintes apacibles:
la gran madre fecunda,
naturaleza sabia y bienhechora,
miró piadosa su profunda pena,
palpó la enfermedad que la devora;
y en su amor infinito,
la puso frente a frente de una cuna;
a la vez que vocero del delito,
de calma y redención anunciadora!

¡Quién dirá lo que siente
al verse de la cuna frente a frente!…
Su corazón de madre se deslíe,
y al hijo que es su gloria y su embeleso,
le premia con un beso, si es que ríe;
le acalla, si es que llora, con un beso.

Al calor que la enciende
¡cuántas cosas le dice,
que el diminuto infante no comprende,
tan tiernas a la par como sencillas!…
Es un desbordamiento de ternuras,
sin valladares, límites, ni orillas!…

De pronto, en su alma sube
la hiel de sus pasadas desventuras;
y mientras surca y moja sus mejillas
llanto a la vez de dicha y desconsuelo,
cual si Dios la empujase desde el cielo,
¡cayó junto a la cuna de rodillas!

Y ante el espacio estrecho
que ocupa aquella cuna temblorosa,
como se abre el botón de un alba rosa,
la rosa del deber se abrió en su pecho!

¡Reída alborescencia
la que de Angustias el camino ensancha,
escrita en surcos de la urente plancha
y en serena quietud de la conciencia!

¿Hay algo oculto y serio
entre los pliegues de su afán constante?…
la vagarosa bruma de un misterio?…
La audaz de la vecina
que, cual prójima toda, es muy ladina,
quita al misterio la tupida venda,
desparrama la cosa
con todo este chispear de vivas ascuas:

-”El chiquitín, un sol; cerca las Pascuas;
y le trae preocupada y afanosa
el trajecito aquél que vio en la tienda”.

Por eso, y así el Bóreas yazga inerme
o airado soplo con violento empuje,
Angustias canta, el pequeñuelo duerme,
la plancha suena, la madera cruje.

(1886)

SONETOS

1
Quisqueyana

Mientras combate hermano contra hermano,
la savia tropical fecunda amores,
y cuaja frutos y burila flores,
sin aprensión de invierno ni verano.

Mientras riega la sangre loma y llano,
espíranse de valles y de alcores
voluptuosos arrullos gemidores
que no interrumpe el grito del milano.

Y cuando para el trueno belicoso,
quédense los occisos alazanes,
¡oh, combustión solar!-a lo que arbitres;

que en esta tierra donde no hay volcanes,
donde no hay ofidiano ponzoñoso
ni felino feroz, tampoco hay buitres.

2
Memento

Los Magnos de la Patria, en lazo estrecho
tornaron indomable su impericia
ante el altar donde la unión oficia.
Abríguese la unión en nuestro pecho.

Para alentar el ponderoso hecho
que la victoria diademó propicia,
amaron el derecho y la justicia.
Amemos la justicia y el derecho.

Ese el alto tribute, y no los dones
de evanescente incienso y vano ruido,
a su santa memoria y sus blasones.

Cuando la bien amada ha fenecido,
recordar sólo el nombre -¡oh, corazones!-
es una ambigua forma del olvido.

3
Entremés olímpico

La raza de Saturno, derribada
por el ligero soplo de una idea,
baja a morar sobre la triste Gea,
en una lamentable desbandada.

Con su atributo y distintivo, cada
dios osa abrir nueva pelea;
y mueve la dolosa contra-idea,
penetrante y sutil como una espada.

A devolver sonrojo por sonrojo
al nuevo cielo, voluntad y brío
previene airado su rencor tremendo;

y se apresta a la acción; pero creyendo
que el Olimpo a la postre es un enojo,
y la inmortalidad, un grave hastío.

4
Las más gratas primicias

Las más gratas primicias y más bellas,
le son donadas con querer jocundo;
y le consagran, contra amor fecundo,
su pubertad mancebos y doncellas.

En cuanto se conoce, están sus huellas
como un sello de lo Alto y lo Profundo;
y aun se lanza a ganar un nuevo mundo,
en cuyo dombo austral bórdanla estrellas.

Y luego ve que, al conjurado influjo,
como a la intermitencia del reflujo
duerme silente en la ribera el mar;

en torno del neo-bíblico madero
el entusiasmo, enantes vocinglero,
ha callado, se calla, o va a callar…

OLOLOI

Para Américo Lugo

Yo, que observo con vista anodina,
cual si fuesen pasajes de China…

Tú, prudencia, que hablas muy quedo;
y te abstienes, zebrada de miedo;
tú, pereza, que el alma te dejas
en un plato de chatas lentejas:
tú, apatía, rendida en tu empeño
por el mal africano del sueño;
y ¡oh, tú, laxo no-importa! que aspiras
sin vigor; y mirando, no miras…

El, de un temple felino y zorruno,
halagüeño y feroz todo en uno;
por aquel y el de allá y otros modos,
se hizo dueño de todo y de todos.

Y redujo sus varias acciones,
a una sola esencial: ¡violaciones!
Los preceptos del Código citas,
y las leyes sagradas no escritas;
la flor viva que el himen aureola,
y el hogar y su honor… ¿qué no viola…?

Y pregona su orgullo inaudito,
que es mirar sus delitos, delito:
y que de ellos murmúrese y hable,
es delito más grande y notable;
y prepara y acota y advierte,
para tales delitos, la muerte.

Adulando a aquel ídolo falso,
(que de veces irguióse el cadalso!
Y a nutrir su hemofagia larvada,
¡cuántas veces sinuó la emboscada!

Ante el lago de sangre humeante,
como ante una esperanza constante,
exclamaba la eterna justicia:
¡Ololoi, ololoi! (¡sea propicia!)

Y la eterna Equidad, consternada
ante el pliegue de alguna emboscada,
tras el golpe clamaba y el ay:
¡sea propicia!: ¡ololoi! ¡ololoi!…

Y clamando, clamaban no en vano,
ya aquel pueblo detesta al tirano:
y por más que indicándolo, actúe;
y por más que su estrella fluctúe,
augurando propincuos adioses,
no lo vio. 1Lo impidieron los dioses!

Y por mucho que en gamas variables,
-no prudentes, mas no refrenables-
estallasen los odios en coro,
-como estalla en tal templo sonoro
un insólito enjambre de toses-
no lo oyó. ¡Lo impidieron los dioses!

Y pasó que la sangre vertida
con baldón de la ley y la vida,
trasponiendo el cadalso vetusto,
¡se cuajó… se cuajó… se hizo un busto!

Y pasó, que la ruin puñalada,
a traición o en la sombra vibrada,
con su mismo diabólico trazo
¡se alargó… se alargó… se hizo un brazo!
Cuyo extremo terrífico lanza
un gran gesto de muda venganza.

Y la ingente maldad vampirina
de aquella alma zorruna y felina,
de aquel hombre de sangre y pecado,
vióse frente del tubo argentado
de una maza que gira y que ruge.

¡Y ha caído el coloso al empuje
de un minuto y dos onzas de plomo!

Los que odiáis la opresión, ved ahí cómo!
Si después no han de ver sus paisanos,
cual malaria de muertos pantanos,
otra peste brotar cual la suya;
¡aleluya! ¡aleluya! ¡aleluya!

Si soltada la Fuerza cautiva,
ha de hacer que resurja y reviva
lo estancado, lo hundido, lo inerte;
¡paz al muerto! ¡loor a la Muerte!
escurre luego por tranquilo cauce,
purpura las hojas y las flores
un abrojo rastrero…

(1907)

ROMANCES

1
Esbozo típico

(Medio a lo Quevedo)

Velando están a las doce
a quien velaba al de a prima,
y andan bebiendo en la muerte
de quien los vientos bebía.

Corre el velorio, rumboso:
marcha la fiesta, rompida;
de aquel para quien fue fiesta
cada sol que amanecía.

A la testa, la Altagracia;
el cirio sobre una silla;
sobre la cama, el jayán
y encima de él, cuatro heridas.

Por aquí salió, hecha sangre
y mosto, su brava vida;
no el alma, que no la tuvo
quien desalmado vivía.

Por excusar tal olvido,
y también porque no diga
la gente, presto un vecino
a más de zapato, almilla:

quién busca unos pantalones;
quién regala una camisa,
quién allega al burdo catre
sábana al fin, si no limpia.

Y de esta guisa vestido,
casi decente en tal guisa,
estáse en la cama el muerto,
y alrededor la pandilla:

¿Le lloran?… ¡claro que sí!
pero son las obras pías
llamadas casas de juego
por el vulgo y la justicia:

los malos bailes le llaman
a las pasadas vigilias;
le gritan los alambiques,
del palo por las palizas.

De él se duele el contrabando
por las cápsulas que cría,
que más de éstas le vendió
que otras venden las boticas.

Está de gala el silencio;
y el escándalo de grima
se calla, porque acabó
quien del brazo le traía.

-¡Pues se llenó el medio almud!
dice, en voz enternecida,
de aguardiente y del velorio
(ya de pestañas caídas).

-¡Pues se llenó el medio almud!
dice el Bobo (y es malicia
que así le llamen), ni Dios
puede volverle a la vida!

Soñaba con ser Ministro;
¡logrado tal vez lo habría!
|Y hasta más!… que de buen taco
fue entre los natas, natilla.

Pero no alcanzando a tal,
mas ni a cosa de hacer sisa,
¡véndase lo que tuviere,
para su entierro y su misa!

Y vienen al inventario
que al instante se improvisa,
amén de otros varios chismes
de menos prez y valía;

los dos revólveres, que son
dos trozos de Historia antigua;
páginas de cien combates,
testigos de mil heridas;

el machete, sempiterno
aprendiz de Geometría;
pero en trozos de tangentes,
de consumada pericia;

el cuchillo, que es de Collins
y de ello por ser, sería
que fue en vida del difunto
de puñaladas colina;

luego el garrote, de un dicho
parodia, más negativa;
pues se sacó sin razón
y se guardó con falsía;

y el estoque, que por arma
como aleve conocida,
hizo de aleve asador
de las hurtadas gallinas.

¡Válgame Dios! Lo que pudo
el uso en tales reliquias,
¡que al entierro de su dueño
no ayudan, mas ni a su misa!

Desechadas por no buenas,
y de los autos en vista,
y resumiendo el debate,
así habló el Bobo y se explica:

-Pues no se halla el hospital
a ningunas doce millas,
¡quien a tantos puso en cama
vaya señor en camilla!

Y mientras los unos roncan,
y los despiertos desfilan,
allá se acaba el velorio;
y el romance aquí termina!

2
Visita a la Isabela

Habían hecho la jornada
a lo que fue la Isabela,
con la unción del mahometano
que camina hacia la Meca.

Viejo propósito ha sido;
concierto que desde Iberia
formaron, y cumplen hoy
como devota promesa.

Vienen a ver los lugares
en que sus deudos murieron,
bajo el yugo abrumador
de ocupaciones plebeyas.

Caballeros de Castilla,
con disciplina severa,
Colón les puso al trabajo,
y les mató la faena.

Vienen a ver las ruinas,
el leve polvo que resta
de aquella ciudad famosa,
hace diez lustros deshecha.

¡Y ora frente a su perímetro
están, con el alma opresa,
y en silencio que había más
que la mayor elocuencia!

-”!Oh, tú, villa! bautizada
en honor de la gran reina!
¡Oh, ciudad, del Nuevo Mundo
la que fundaron primera!

Llamada a ser de estas Indias
indisputable cabeza,
¡quién te ve, que no se asombra…!
¡Quién te ve, que no se apena…!

Eres patrona del vulgo;
de los ociosos conseja;
y te dominan, impunes,
la broza, terrible dueña
de tu asiento, y el lagarto,
monarca de la maleza”.

De altos recuerdos henchida;
subsolada de osamentas
humanas; sin pueblo y triste;
todo ruido adquiere en ella
repercusión alarmante,
sonoridades siniestras.

Los arbustos que a los pies
de ambos hidalgos se quiebran,
emiten chasquido sordo,
chasquido de calaveras.

Zumba un enjambre en las flores;
y el zumbido tenaz, suena
como el roncan melancólico
de alguna gaita gallega.

El airecillo sutil
que se tuerce y culebrea
al pasar entre la fronda,
se plañe, como alma en pena.

O bien, un pájaro-mosca
de un aletazo se aleja.
moviendo un bronco rumor,
tan extraño que consterna.

Hasta el mismo sol ayuda
a la fatídica escena:
entre una nube que pasa
y otra nube que se acerca,
ilumina incierto a ratos;
a ratos su lumbre vela.

De pronto, los peregrinos
abocan una amplia senda;
de corpulentos yagrumos
y jabillas corpulentas
hermosamente sombreada
a una mano y a la opuesta.

Allá en el fondo unos muros
hechos pedazos, blanquean:
son de casas derruidas
de la difunta Isabela.

Y hacia mitad del camino,
de espaldas a los que llegan,
unos doce caballeros
lentamente se pasean.

Van con los negros sombreros
ornados en plumas negras;
los vestidos, enlutados,
y las capas, cenicientas.

Como en una procesión,
discurren en dos hileras
pausados, ceremoniosos,
en silencio, y con cautela.

Es de ver que los estoques
y la oscura vestimenta,
lucen pautados por moda
que hace tiempo no se lleva.

Y en tanto que las pisadas
de los hidalgos son huecas,
las suyas no alzan más ruido
que el que las sombras hicieran.

De súbito se detienen;
las enjutas caras vueltas
a los intrusos; les miran
con insistente fijeza;
taciturna la expresión,
y muy juntadas las cejas.

Saludando los hidalgos
con airosa continencia,
de su sombrero, en las manos,
las pintadas plumas tiemblan.

¡Dios guarde a los caballeros
por largos años! Empresa
sin duda muy semejante
y acomodada a la nuestra,
os traerá por estos sitios,
donde en bravísima época
tales sucesos pasaron
que una larga historia llenan.

Callando se están los doce;
pero en cortés reverencia,
a los chambergos levantan
pausadamente las diestras;

saludan y, al saludar,
¡horror que la sangre hiela!
se vienen con los sombreros
desprendidas las cabezas…!
(1889)

3
Las Sanjuaneras

A occidente las palomas
en bandadas pasan ya,
como heraldos veraniegos
de la aurora tropical.

Remontadas, en la calma
de la etérea soledad,
sus menudas manchas negras
tonifican la vivaz
explosión de azul de leche
que decora cielo y mar.

Y en la urbe consagrada
a Domingo de Guzmán,
las cofrades del Bautista
-bellas magas de hora tal-
a cumplir tradicionales
ceremonias, leves van.

Sol oblicuo, del naciente
se complace en alfombrar
con tapices de oro mate
su sendero matinal.

Y dejando atrás los muros
de la histórica ciudad,
y atrechando buen espacio
de un camino vecinal;

aunque consta que en su día
muy dormido está San Juan,
evocarle es necesario
con la copla de ritual:

-Desde el higuerito
hasta el naranjal,
buscando venimos
al señor San Juan.

Ni el parece, ni responde;
y sin él, se traen de allá
varas húmedas de higuero
y puchitas de azahar.

Y ora empieza la femínea.
inocente bacanal;
las maracas, como tirsos,
como foro, la amistad;

un instante volandero
como puente del cantar,
y una danza, como aéreo
don a la hospitalidad.

Son las mozas más garridas;
el encanto y calidad
de la urbe melancólica
y del sueño colonial.

De refajo todas ellas,
sirve en grande a denunciar
la pureza de unas curvas
tentadoras por demás.

Que descienden ondulando,
pero que solivia audaz
de la breve zapatilla
el muy corto valladar.

Entre el seno erecto y combo
y el ambiente, sólo hay
el encaje y la blancura
perfumada del holán.

Y anudado a la garganta
el finísimo foulard;
con tal garbo, que del nudo
forma un pétalo floral.

En el par de trenzas luengas,
una rosa a cada par,
rosas blancas, rosas rojas,
vivas, más que en el rosal.

Hechas a las asperezas
del librillo de rezar,
o a la cuenta de las cuentas
del rosario vesperal;

son sus manos -afiladas
y carnosas además-
como flores de molicie,
de afelpada suavidad.

Cuando no en la luz serena
y silente del hogar,
a la lumbre tamizada
de la amplia catedral,
son los rayos de sus ojos
la reversibilidad
de los lampos que se sorbe
el policromo vitral.

No turbada por pasiones
de rabioso tumultuar,
es su risa la sonrisa
de la Inefabilidad.

Y aunque junte lo devoto,
su tibieza a lo sexual;
tiene formas opulentas
su virgínea castidad.

De ellas no hablará la Historia;
pues no son ni lo serán,
ambulante articulado
de algún código penal.

Son perfume: ¡y ya se sabe!
después de aromatizar,
el perfume se disuelve
como un bólido fugaz.

Y las dulces sanjuaneras,
peregrinas de un ritual,
bravamente peregrinan
con su danza y su cantar;

y tan sólo tocan treguas
cuando sube el astro a la
coruscante apoteosis
de la pompa cenital.

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