La era del diamante. Manual ilustrado para jovencitas
Resulta harto evidente que ya no concluyo la Hugolatría este año. Además, de las novelas que faltan por reseñar la mitad no las he leído todavía, así que la cosa puede ralentizarse bastante. Pero bueno, a final de año, esté como esté, creo que prepararé un página especial para la Hugolatría e iré montando un pequeño entramado de enlaces internos para cohesionar el proyecto. Por ahora, vamos con la vencedora del año 1996, la novela de Neal Stephenson: “La era del diamante. Manual ilustrado para jovencitas”.
Los años 90 fueron un período durante el cual no surgió ningún subgénero realmente nuevo ni hubo una corriente dominante. Lo que los caracterizó fue la hibridación, que en realidad venía pegando fuerte desde mediados de la década de los 80. Las viejas divisiones se fueron haciendo más y más insustanciales, hasta el punto en que resulta difícil adscribir cada obra a una categoría bien definida. Lo cual, básicamente, es algo bueno. Nada revitaliza más que una mezcla de cariotipos.
En medio de este ambiente de experimentación, el subgénero estrella de los ochenta, el cyberpunk, se enfrentaba, a la avanzada edad de un lustro, a la decisión de qué hacer con su vida después de tocar techo. Lo de las historias de género negro, con implantes cibernéticos, grandes arcologías, antihéroes, megacorporaciones, realidad virtual y pesimismo existencial se había erigido en un arquetipo tan potente que cualquier historia que lo utilizara se antojaba cansina e incapaz de aportar nada nuevo. Sin embargo, había ahí dentro conceptos muy potentes cuyo potencial apenas había comenzado a explorarse. Albunos autores cooptaron elementos ciberpunk para historias ajenas a su filosofia, hasta el punto que hoy en día ya forman parte del acerbo general de la ciencia ficción y se utilizan sin parar mientes en su origen (el mismo 1996, una de los nominados fue Connie Willis con “Remake”, una historia que adopta no pocas ideas cyberpunk, como la fusión entre la realidad virtual y la física, sin que por ello pueda adscribirse en modo alguno a esta corriente), mientras que otros se dedicaron a derribar sistemáticamente las barreras que lo encorsetaban, invadiendo y asimilando sin rubor cuanto subgénero se pusiera por enmedio. De esta expansión nació el postcyberpunk.
No fue sólo cuestión de rupturismo. La misma filosofía subyacente varió de forma significativa. Sin abandonar necesariamente los escenarios distópicos, el pesismismo asocial cyberpunk mutó en una especie de optimismo de frontera, ni espacial (como durante la Edad de Oro) ni interior (como en la New Age), sino tecnológico. La literatura postcyberpunk preconiza una especie de anarquía tecnológica, un salto adelante tan repentino que los sistemas de control se quedan retrasados y las viejas estructuras (sociales, políticas, culturales…) obsoletas. Se añaden a la mezcla ingredientes nuevos como el transhumanismo y tenemos una panorama nuevo, caótico, extremadamente vital, con infinitas posibilidades que quedan por encima de juicios morales simplistas, donde prima el individuo y las únicas imposiciones son las libremente asumidas (a veces se limita a escoger la mejor mala opción, pero los protagonistas suelen moverse siempre por entre las grietas del sistema).
Uno de los abanderados del movimiento (aunque, a diferencia de su ancestro, el postcyberpunk muy apropiadamente carece de sentimiento de grupo, objetivos o inquietudes comunes) fue Neal Stephenson, quien ya en 1992 había publicado “Snow Crash”, una genial farsa sobre realidad virtual, lingüística sumeria y franquicias-estado.
Con “La era del diamante” refina un poco esta avalancha de anarquía y presenta una sociedad que ha superado la discontinuidad y se ha reasentado en un nuevo modelo. Las naciones carecen de todo sentido y lo que priman son las tribus, asociaciones libres de personas, según criterios étnicos o culturales, de mayor o menor tamaño e importancia, que acatan seguir unas reglas específicas (tanto legales como ideológicas o morales). Dos de los principales grupos son los Neovictorianos (poliétnico de acuerdo con una organización social similar a la de la era victoriana) y los Han (chinos neoconfuncionianos). El facilitador de esta revolución tecnológica es el Compilador de Materia, unas fraguas nanobóticas capaces de construir cualquier cosa a partir de materias primas básicas y las instrucciones adecuadas.
Lord Alexander Chung-Sik Finkle-McGraw, una de las principales figuras neovictorianas, encarga a su ingeniero más brillante la elaboración de un manual interactivo para la educación de su nieta, capaz de proporcionarle no sólo instrucción, sino formación personal y ayuda para alcanzar todo su pontencial dentro de su entorno. Hackworth, el ingeniero, completa el encargo a la perfección, pero también realiza una copia pirata para su hija y, por medio de un ladrón de poca monta (y sin tribu), una tercera copia acaba en manos de Nell, una niña pobre que se erige en protagonista de la historia.
Superficialmente, “La era del diamante” sigue el crecimiento y educación de Nell por medio del manual (la destinataria original apenas le presta atención). El manual se adapta a su entorno y maximiza su crecimiento, mientras le explica a través de cuentos interactivos diversas cuestiones, como el funcionamiento de una máquina de Turing. Sin embargo, hay mucho más que rascar en una novela compleja, con muchos niveles de interpretación, que trata temas como la pertenencia a un grupo, la separación de clases en un entorno de riqueza propiciada por los Compiladores de Materia, las limitaciones de la inteligencia artificial (toda una subtrama trata sobre la posibilidad de detectar a una máquina de Turing por muy compleja que sea, hasta el punto que Nell tan sólo establece un vínculo fuerte, sin llegar a conocerla hasta el final, con Miranda, la “ractora” o actriz que pone voz a los personajes del manual durante años, que se transforma en una figura materna en las sombras) y la influencia cultural (dados los distintos resultados que ofrece el manual al potenciar aspectos adecuados para el entorno en que viven sus usuarias).
Hacia el final, las cosas se salen de madre, con mentes colmena, huérfanas chinas transformadas en un ejército y finalmente, en la base de una nueva tribu, algo de criptología (presagiando la escritura del “Criptonomicón”), transhumanismo y nanotecnología desatada. Una sopa quizás demasiado densa, con varios temas que no se llegan a tratar en profundidad o que no alcanzan una conclusión satisfactoria. Quizás sea la esencia misma del postcyberpunk, que veta las resoluciones claras y ordenadas. Se trata de caos semicontrolado, por el que navega el efector humano, auxiliado si es posible por un manual interactivo.
Ya desde el principio se muestra que no es la típica historia cyberpunk. El único personaje que podría adscribirse claramente a este movimiento es Bud, el padre de Nell, un ladrón de poca monta con todo tipo de mejoras cibernéticas, pero Stephenson ya se encarga de ejecutarlo casi al principio, poniendo de manifiesto que “esto es otra cosa”. Incluso el tono resulta más esperanzador que pesimista (cuestión aparte sería si nos gustaría vivir en un mundo como el descrito).
Al parecer, causó cierta controversia en su momento por atreverse a dudar de la sacrosanta Inteligencia Artificial (algo interpretado casi como una traición). Nell estudia y comprende el funcionamiento de una máquina de Turing, hasta el punto en que establece una clara diferenciación entre los personajes puramente artificiales y aquellos cuyas palabras provienen de Miranda, una persona real. Parte de este desengaño, sin duda, debió ser el responsable de que Stephenson abandonara durante más de una década la ciencia ficción.
Existe además un concepto que me impactó en su momento. Es algo muy tangencial, apenas ocupa unas pocas líneas, pero que me resultó muy pertinente, sobre todo en estos tiempos de SMS y lenguaje “tipo chat”. En el futuro de “La era del diamante” todo es audiovisual e interactivo, de modo que se “leen” mediaglifos (algo así como iconos, sólo que animados). En determinado momento, Nell está hablando con su hermano:
—¿Qué es un compilador de materia?
—Lo que llamamos C.M.
—¿Por qué?
—Es así. En letras, supongo.
—¿Qué son letras?
—Como mediaglifos, sólo que son negras y diminutas, no se mueven y son viejas, aburridas y difíciles de leer. Pero puedes usarlas para hacer palabras cortas para palabras largas.
Para concluir, tan sólo quisiera hacer una breve mención al resto de nominados del año, por eso de contextualizar la obra.
Ya he mencionado “Remake” (una obra, en mi opinión, muy menor). Completaban el quinteto “Las naves del tiempo”, secuela oficial de “La máquina del tiempo” de Wells, escrita por el especialista en el escritor hard británico Stephen Baxter (no la he leído, tampoco es que me llame mucho el experimento); “Arrecife brillante” de David Brin, primer libro de la segunda trilogía de la elevación de los pupilos, una obra un tanto pesada, que funciona mejor como preparación de las dos siguientes aunque sigue desarrollando los temas ya esbozados en “Marea estelar”; y “El experimento terminal” de Robert J. Sawyer, la típica obra del canadiense, que mezcla temas religiosos con técnicos y presenta un gran concepto y una ejecución mediocre (en cuanto a género, se inscribe en la corriente de futuro cercano tan del gusto del autor, aunque también incluye ciertos temas cyberpunk, como la creación de simulacros electrónicos). El premio Nebula de 1995 se lo llevó precisamente “El experimento terminal” (de verdad, no comprendo qué tienen los norteamericanos con Sawyer) y el de 1996 fue para “Río lento”, de Nicola Griffith (otra novela de segunda fila). El Locus de ciencia ficción premió también a “La era del diamante” en un año, que como se ve, fue bastante flojo en general (aunque la novela vale cualquier reconocimiento).
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