Pastillas de azúcar
Pidió un té caliente para abrasarse las manos y la boca, porque con heridas en la lengua los besos son indeseables y los últimos le habían sabido tan amargos que ya no quería más. Al menos hasta la próxima recogida de la remolacha; y de su azúcar.
Desde la gran cristalera se veía el corretear de la ciudad a media mañana: Transportistas estresados, carros de la compra desbordando acelgas, comerciales que todo lo venden… Y bachilleres haciendo novillos, porros y carantoñas. ¿Qué hace falta para sentir esa levedad en los días, para coger trenes porquesí, para dar besos porquesí, para saltarte las clases y el mundo porquesí?
Se tomó el té amargo, se fumó un cigarro y pagó la cuenta con desgana. Dos cincuenta por una infusión no merece ni un céntimo de propina. Se abandonó a la ciudad como dando un portazo de rabia sabiéndose expulsada de la fiesta. Buscó y buscó la nada, y por supuesto no la encontró.
Las risas ajenas le causaban envidia, las lágrimas náuseas. Pero casi nadie llora en público porque es un acto feo, íntimo, corporal, producto del miedo. En cambio la carcajada es compartida, bonita, pública y limpia. Así que las avenidas se llenan de neones multicolores y en las alcobas se agolpa la melancolía en las estanterías.
Una cruz verde en la esquina que juega con sus luces, un termómetro y un reloj. Una farmacia, una droguería, una narcosala, el desván donde se dejan los dolores.
- ¿Me pone pastillas para no soñar?
-¿Perdona?
-Sí, de esas que dice Sabina.
Y la farmacéutica le trajo unas valerianas. No había entendido nada.




























Necesitas identificarte para poder dejar tu comentario.